Guía Turística de Oaxaca
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Antonia Cortés Sánchez, España (21-06-1999)

OAXACA abre sus puertas al visitante

Tierras que encierran leyendas e historias. De ricas culturas, de arraigadas costumbres. De colorido y alegría, también de hambre. De sueños que adormecen precariedades, de hermosas realidades. Estado que vio nacer a ilustres personajes, cuna de presidentes, de artistas, de músicos. Pueblo que deja plasmada su imaginación en su folclore, en su artesanía. Bailes al son de un danzón, alebrijes tallados y pintados con paciencia. Antojitos en los mercados...Pasado, futuro. OAXACA, una puerta que se abre de par en par para conquistar el corazón del visitante.

A poco más de 500 kilómetros de la gigantesca ciudad de México, hacia el suroeste de la República, se levanta, en un bello valle rodeado de montañas, la ciudad de Oaxaca.
Las carreteras hasta este lugar, donde habitan cerca de 250.000 personas, ya no son lo que eran, afortunadamente, y el viaje en coche o incluso en autobús se puede afirmar que no resulta incómodo. Son numerosas las compañías que ofrecen este último medio de transporte con un completo abanico de horarios que van desde primera hora de la mañana hasta las 12.00 de la noche y a un precio asequible que oscila entre los 200 y poco más de 300 pesos, según la categoría del autobús.También se puede llegar en avión. Iniciamos el viaje desde la Terminal de Autobuses (la TAPO) hacia Oaxaca, acompañados del joven actor mexicano Raúl Farell, que nos hizo de "guía" por esa ciudad colonial fundada por los españoles, donde llegaron en 1522. Poco menos de seis horas más tarde el bullicio de una ciudad turística y comercial despertará o admirará al pasajero. Oaxaca derrama alegría. Una alegría que, nos comentan algunos de sus habitantes, a veces encierra la tristeza de ver una tierra rica, con tabaco, café, caña de azúcar, incluso petróleo, oro y plata, que tiene, sin embargo, extremados índices de pobreza porque, dicen, no la cuidan como debieran hacerlo, por el bien de todos, de sus gentes. Pero se impone esa alegría, la hospitalidad, la amabilidad. Llegar a Oaxaca para perderse y perderse para descubrir, a sus gentes, sinceramente afables; sus calles, donde los añiles, los dorados, los blancos, los verdes... de sus fachadas se mezclan con los colores de su variada y rica artesanía; su arquitectura, predominantemente barroca, sus niños, listos, pobres...dulces. Para admirar ese centro Colonial que ha sido merecedor, por parte de la Unesco de ser reconocido como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Callejear y descubrir

Callejear para llegar a su zócalo y pararse en medio, junto a su enorme quiosco de estilo francés que recobra vida todas las semanas al son de la banda Municipal Oaxaqueña. Pararse y mirar, sin perder detalle. Alrededor, sus portales, arropados por el calor de cafeterías, restaurantes, hoteles, en los que el visitante no puede vencer la tentación de sentarse un rato, para seguir mirando, "tomar un trago" o deleitarse de la también afamada y bien conocida gastronomía de Oaxaca, en la que no falta, como en todo el país, el chile, y donde adquiere una importante fama su mole al contar con siete tipos.
Detenerse en la plaza para ocultarse entre los laureles de la India e imaginar, a su sombra, las miles de historias que entre sus ramas guardan. Y de paso, retar al aburrimiento, que difícil tarea tiene en ese zócalo dondelos niños pasean sus globos, los mariachis enamoran a los ya enamorados, los mimos engatusan a pequeños y no tanto...En esa plaza donde se dan cita los sueños de aventureros, de malabaristas, de poetas, de pintores, de limpiabotas, de vendedoras de rosas...donde se guardan los secretos de las miradas, amores, odios, recuerdos...

Variada artesanía

Y al caer la tarde, bulle su mercado, el de los artesanos, ropas, cerámica, madera, metal, cuero...una variada exposición en la que se puede admirar las principales artesanías de los distintos puntos del Estado, verdaderas "obras de arte" que van sobreviviendo porque el oficio va pasando de generación en generación.
El colorido destaca en ese "mercadillo", en ese escaparate al aire libre en el que se mezclan los alebrijes tallados en madera y pintados a mano, de Arrazola con las figuras de barro negro de Coyotepec, los tapetes de Teotilán del Valle y vestidos bordados con la cerámica vidriada en color verde de Atzompa, las diferentes figuras de repujado en lámina de vivos colores con el cuero...
Pero el encanto de zócalo continua al desviar sus ojos hacía donde se levanta la catedral, edificio barroco del siglo XVIII, cuya fachada engatusa a primera vista, principalmente por sus altos relieves.
Su interior también es grandioso, su coro, su altar, sus vidrieras... Es digna de admiración, entre los numerosos templos de esta ciudad, la Iglesia de la Virgen de la Soledad, también de estilo barroco. Otras Iglesias interesantes son las de San Felipe Neri, y la de San Agustín.

Hacía Santo Domingo

Desde el zócalo se inicia un agradable paseo por el llamado "andador turístico", una ancha calle peatonal llena de tiendas, joyerías y hermosas casas, que va dejando a un lado y a otro, el Palacio Municipal y el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, interesantes si el visitante tiene tiempo suficiente, y al que debe añadir el Museo Regional de Antropología e Historia y el del pintor oaxaqueño Rufino Tamayo.
Se avanza lentamente, con paso calmado porque así invita a hacerlo y porque son numerosos los niños que te paran para venderte algo, chicles, pulseras, collares, chocolatinas, o simplemente para pedirte unos pesos. Y al final del "andador", como sacado de un cuento, se levanta la Iglesia de Santo Domingo, cuya belleza exterior nada tiene que ver con la grandeza que se oculta dentro.
Cuando los españoles llegaron a esta zona, la evangelización de los indígenas le fue recomendada a los dominicos. Este Templo, muestra igualmente del estilo barroco, y hoy día abierto al culto, todavía sigue a cargo de esta orden.
Su hermosa fachada presenta dos torres de gran altura, en las que destacan sus cúpulas con azulejos, -al igual que en la catedral- que arropan un hermoso retablo de piedra. Al pasar al interior de Santo Domingo su dorado deslumbra unos ojos que segundos más tarde quedan, ante el asombro, totalmente abiertos, como si no quisieran perderse detalle.
Y es que realmente merece la pena estar atento a todo, su coro, su Altar Mayor, sus esculturas, sus pinturas, su exuberante barroco, sus capillas, y entre las 10 que pueden admirarse, la del Rosario, con su pequeña Virgen de blanco. Llama la atención aquí, en Oaxaca, la devoción de su gente, la de favores, deseos o milagros, llámese como se quiera, concedidos como se observan en las fotografías, cartas, escapularios, que rodean a distintas imágenes de varias Iglesias, en definitiva, el agradecimiento de un pueblo.

De "antojitos"

No se puede abandonar esta ciudad sin acercarse más aún a sus habitantes y que mejor que en el mercado de Benito Juárez, porque este Estado fue cuna de este presidente mexicano al igual que de Porfirio Díaz. En ese mercado se mezcla todo como en los nuestros, pero lo más curioso es la zona en la que puedes comer, comida casera que, en muchos casos, mujeres de bellos rasgos indígenas te guisan sobre la marcha.
Dicen que uno no debe irse de Oaxaca sin probar el caldillo de nopales, sus carnes de res, porcino o pollo, acompañadas de frijol o arroz, la salsa de chile pasilla oaxaqueña o el bastante conocido para los españoles consomé de gallina.
Y siguiendo con los mercados, muy cerca de la capital del Estado, a 14 kilómetros, se encuentra un pequeño lugar llamado Santa María de Tule. Aunque de esta localidad lo más famoso es su "Arbol" que ahora contaremos por qué, no sería mala idea que el viajero hiciera una breve parada en el Mercado de Antojitos Regionales la Guadalupana para degustar sus empanadas, caldos, quesadillas, de pollo, de nopal, de hojas de calabaza.. y ¿por qué no? acompañadas de un rico chocolate caliente que nada tiene que ver con el chocolate espeso que acá conocemos, o aguas frescas (zumos de frutas) y para terminar un dulce de la zona, una rica nieve de multitud de sabores (helado) o alguna fruta de temporada, de aquellas tan exquisitas como escasa la posibilidad de comprarlas en nuestro país, desde la papaya o el mango a la guayaba, la toronja o el mamey, y si se atreven con el picante, en vez de azúcar, un poco de chile en polvo por encima, "piquín", como le llaman popularmente.

El árbol de Tule

Pero bien antes, bien después de visitar ese mercado, situado al lado de otro de artesanías, hay que visitar el gran atractivo de este pequeño pueblo, "El árbol de Tule", "que es muy viejo, mucho más que la invasión española" como reza en su historia.
Aseguran que tiene más de 2.000 años, un grosor de 58 metros, su altura llega a los 42 y su diámetro es de 14.05 metros. Este árbol, de nombre ahuehuete o Sabino, se ubica en la entrada principal de la Iglesia del Pueblo. Rodéelo pero acompañado de esos traviesos niños de 6 o 7 años que con espejo en mano van enseñando "los misterios" que este sabio árbol oculta en su grueso tronco, desde el Cristo crucificado, al oso hormiguero, desde los Tres Reyes magos al elefante, de la tortuga a la silla de montar, del león al..., solo hace falta un poco de imaginación para hacer el recorrido con estos niños por ese mundo natural ,donde no paran de piar, de verdad, cientos y cientos de pájaros de todas clases y tamaños y colores que han hecho de este gigante admirado su mejor refugio, el que puede hacer el visitante, durante unos minutos, bajo la sombra de sus enormes ramas mientras lo admira y piensa la barbaridad que se hubiera cometido si, como cuenta su historia, los indígenas hubieran cedido a las pretensiones de un rico comerciante de Oaxaca quien osaba comprarlo para convertirlo en vigas y tablas....
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