Oaxaca's Tourist Guide
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Alejandro Calero - Ciclismo de ¿Montaña? en Huatulco

http://www.geocities.com/Yosemite/Forest/7177/

Huatulco es un paraíso para practicar bici de montaña. Las montañas que rodean la zona hotelera de Tangolunda, la bahía más lujosamente desarrollada de las 9 que se conocen por Bahías de Huatulco, son hogar de numerosos ejidos y rancherías conectados entre sí por caminos de terracería ideales para rodar. Cuando la gente visita Huatulco no piensa en ciclismo, sino en sol y mar..., por suerte !. Si se detienen a pensarlo un minuto en realidad es un alivio. El ciclismo de montaña aquí es virgen como lo fueron las playas hace no más de diez años. Hoy, hasta las playas más remotas están siendo invadidas por restauranteros y vendedores de llantitas de plástico. De la marina de la Bahía de Santa Cruz, por ejemplo, zarpa el catamarán Tequila que ofrece barra libre a bordo y un largo paseo por las bahías. En aquéllas donde hace escala, los turistas bofos bajan a consumir tostadas de ceviche en los restaurancitos de la playa, y luego se ponen su chaleco salvavidas para snorkelear. Sus monstruosos hijitos, mientras tanto, trituran galletas saladas para dárselas de comer a los peces de colores. Luego la bolsita gamesa se va al fondo del mar, junto con los muñones de coral destruídos que todavía dan abrigo a algunos peces interesantes.

Pero no todo está perdido. El mar es tolerante y, descontando las inconvenciencias de compartir la playa con gente inconsciente, no hay nada más revivificante que alcanzar la orilla del mar después de un descenso relámpago desde la cima de un cerro que domina un paisaje evocador. La última vez que fui a Huatulco, busqué a Erasto, un guía experto en recorridos de bici de montaña en la Sierra, descenso en ríos, y otras actividades. Erasto me describió esta ruta como un amplio óvalo partiendo de Las Crucecitas hacia el poniente por la carretera al aeropuerto, luego se interna a la Sierra para cerrar el óvalo por el oriente, más allá de Tangolunda. Yo la llamaré la ruta del cafetal.

Nosotros iniciamos nuestro recorrido desde Las Crucecitas, el poblado donde Erasto tiene su negocio. Me habría gustado haberme ahorrado los 15 km. de pavimento que separan el pueblo del crucero de la brecha hacia Piedra de Moros. La cuesta ascendente se hizo notoria inmediatamente después de abandonar el pavimento, y para entonces yo ya había terminado mi primera cantimplora. La temperatura no alcanza los 40°C, pero la combinación con el ejercicio es asfixiante. En esta parte inicial del recorrido cruzamos la selva baja espinosa, y aunque la vegetación es exhuberante, no era nada en comparación con lo que nos esperaba más arriba. Nos detuvimos en una tienda de Piedra de Moros para reabastecernos de agua y saludar a los amigos de Erasto. Nos despedimos rápido presumiéndoles nuestro recorrido, y seguimos el ascenso.

Erasto no sólo tenía una condición de acero, sino que además parecía camello. Simplemente no lo veía cuándo tomaba agua. A partir de Piedra de Moros el paisaje empieza a transformarse gradualmente en selva tropical, el ruido de tu propia respiración apaga todos los demás sonidos de la selva, y la sensación de internarse a lo desconocido e inhóspito inyecta adrenalina por todo el torrente sanguíneo. Puedes imaginar los venados de cola blanca que habitaban esta zona, o a los cazadores que Da Jandra relataba campeando estos cerros buscando comida, novias, y muerte. La experiencia es tan fantástica como la imaginación te lo permita, hasta que el atroz ruido de una estaquita Nissan te despierta y brincas de susto a la orilla del camino. Después de mi primer desilusión de aislamiento de la civilización, los siguientes vehículos que nos rebasaron no me importaron..., no fueron tantos.

Cerca de las 11:00 am llegamos a la falda de un cerro brutalmente vertical. Eso agotó mis últimas reservas de energía. Llegué caminando a la cima, sin aliento, y con el estómago totalmente hueco. Devoré unas galletitas Marianas y maldije la hora que había olvidado mis barras energéticas. Erasto, claro, estaba como si nada. Eso sí, sudaba como negro (con el debido respeto). Me dijo aún que faltaba lo más interesante. No habíamos siquiera llegado al río desde donde se hacen descensos en balsa tipo III y IV. Teníamos un largo trecho por delante, sin duda, y todo era bajada a partir de ahora.

El descenso resultó a veces muy técnico, otras rapidísimo, accidentado y pronunciado. Aún antes de empezarlo yo ya estaba cansado, no podía más. Los brazos me sacudían tan fuerte que sentía que los lentes se me salían de brinquitos por la nariz. A mitad de las curvas se abrían zanjas en el suelo que hacían imposible levantar el manubrio para volarlas. Estaba aterrado. Había piedras gigantes regadas aleatoriamente y yo sentía que me jalaban hacia ellas como imanes para estrellarme. La bajada era a toda velocidad. El Cacalutilla se dibujó al fondo de un cañón al salir de una de esas curvas quita-vidas, y lo ví infinitamente lejos. Estaba alucinando. ¿Cuánto tiempo había estado descendiendo ? Sabía que el río no estaba ni a la mitad del camino en la ruta del cafetal, y nos esperaban todavía 500 o 600 metros de ascenso si continuábamos. En mi alucinación, yo ya me hundía en caída libre, y para cuando llegara al fondo del valle estaría atrapado entre dos inmensas paredes, y un río revuelto al que Paulina lo había despojado de su puente el año pasado.

En la orilla del río hay un caserío de nombre Llano de Jícara. Allí nos dieron de comer plátanos dominicos, huevo a la mexicana con chiles habaneros y un refresco de grosella marca Yeti, o algo así. Fue un verdadero oásis. Mientras comíamos creí tener otra alucinación. La estaquita que nos había rebasado al inicio del recorrido se acercaba ahora por el lecho del río. ¡Era mi salvación!. Le pagaría un tanque de gasolina entero para que me regresara al hotel. Las nalgas me dolían por lo duro del sillín, los pies estaban entumecidos en la zona de contacto, mi cuello estaba torcido, estaba hecho una piltrafa, decididamente necesitaba un baño caliente. ¡Pero no lo iba a obtener si la estaquita seguía acercándose a la orilla ! El suelo se ponía cada vez más arenoso, y llegó el momento en el que la camioneta finalmente se quedó atascada. El conductor se estaba riendo. ¡Como si fuera un chiste, zopenco! La estaquita no se desatascó hasta que no pusimos una piedra grande y plana frente a la llanta más hundida. Subimos las bicis en el cajón de redilas, y emprendimos el ascenso de regreso a Piedra de Moros. El conductor se divirtió en el descenso subsecuente lo mismo que Erasto y yo nos lo estábamos perdiendo. El tipo iba desbocado. Las redilas crujían y se pandeaban, y nosotros nos aferrábamos a ellas. Erasto alcanzó ponerse su casco, y yo los lentes. Fue una suerte que las bicis no salieran volando. O nos agarrábamos nosotros o sujetábamos las bicis.

El paseo se acabó en Xuchil, unos 10 km. antes de Piedra de Moros. Con todas las emociones encontradas que representó subirme a la bici de nuevo, pedaleamos el camino descendente de regreso a Huatulco. De no se dónde saqué fuerzas para retar a mi guía en un sprint final que hizo este recorrido un paseo memorable hasta el último respiro. Y encima de todo, uno llega al mar a relajarse y con hambre como para comerse a Moby Dick. Huatulco es el paraíso de la bici de montaña.


Fotografías:
Las playas están saturadas por restauranteros que se arrebatan la clientela.

Según los lugareños, el mejor snorkel se practica en la playa La Entrega.

La ruta del Cafetal
Debe tener una longuitud aproximada de 120 km., y sube de 30 hasta 900 msnm. Se requieren 12 horas para completarla, y una condición maratónica que yo no tenía cuando la intentamos. Incluso tuvimos que desandar el camino al llegar al cruce del río Cacalutilla.

La Selva Tropical de Huatulco
En esta foto apenas se distingue la bicicleta de Alejandro entre la espesa vegetación de la selva.

Piedra de Moros
Esta gente humilde me hizo recordar el dilema aún sin resolver del ecoturismo: la fórmula para derramar los beneficios económicos de esta actividad entre los lugareños.

Llano de Jícara
Noelia y su hermanito viven con sus padres en una choza muy humilde. Cuando nosotros llegamos, Noelia estudiaba su libro de texto de primaria.

Las Playas desiertas de Huatulco
El huracán Paulina destruyó las palmas de los restauranteros en las playas desiertas de las bahías de Huatulco.

En un abrir y cerrar de ojos se organizó el escuadrón de rescate con los chavales de Jícara, y claro, esperaban que yo ayudara. Por poco me quedo sin aventón de regreso por andar tomando fotos en lugar de ayudar a empujar.

La gente usa los vehículos particulares de los rancheros como transporte entre poblados. Los que "tienen viaje" saben que en el camino no faltará quién necesite el aventón, así que están dispuestos a transportar a quien lo necesite. Se pagan mutuamente una tarifa debajo de los 10 pesos, dependiendo de la distancia del aventón. Si alguien viene subiendo la cañada cuando va pasando "el mueble", un chiflido es suficiente para hacer la parada. No hay prisa. Todos se conocen. No es como en Huatulqueños.

Guía de Ciclismo de Montaña en Huatulco
Teléfono (958) 7-0669
Erasto Rojas tiene varias rutas que se acomodan según horarios y presupuestos. La ruta que me enseñó, y que aquí reseñamos, cuesta 400 pesos (Septiembre 98), e incluye equipo (muy usado), su tiempo, y sus conocimientos de las brechas de la Sierra.


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